Sobre mí

Te estarás preguntando: ¿Quién es Daniel Usón?

Y la respuesta es muy simple, soy una conciencia en evolución como lo eres tú, como lo somos todos los seres humanos de este planeta llamado Tierra.

Me comunico con personas muertas, y además, estuve clínicamente muerto

He  tenido el gran privilegio y el gran honor de conocer al doctor Raymond Moody personalmente. Para los que no sepan quién es el doctor Moody, es el autor del sorprendente best seller “Vida después de la vida”, que describe las experiencias de personas declaradas clínicamente “muertas”.  Al señor Moody le conocí cuando me hallaba trabajando en Canadá, en una de las conferencias que allí yo ofrecía y a la cual, el doctor asistió como espectador. Al finalizar mi conferencia y tras ofrecer una demostración en vivo y en directo de mediumnidad y de videncia a algunos de los asistentes al evento, Raymond Moody me preguntó si podríamos tener una conversación informal privada. Me comentó que su libro trataba de testimonios de casos reales que revelaban que hay vida después de la muerte, pero que en mi caso, al ser médium se hacía aún más interesante, ya que, un médium se comunica con personas fallecidas sin necesidad de estar clínicamente muerto. 

Me pidió que por favor, le explicara detenidamente mi caso en particular puesto que, yo había sufrido una experiencia cercana a la muerte, algunos años atrás. Al igual que al doctor Moody le di mi enhorabuena por ser un visionario y atreverse a investigar en un terreno que se supone tabú, como es el tema de la muerte, te doy a tí las gracias, por tomarte la molestia de conocerme un poco más e interesarte por el fenómeno llamado La Muerte. 

De igual manera, y en el mismo evento, tuve la ocasión de conocer, hablar y de entablar largas conversaciones con el doctor Eben Alexander autor del famoso libro “La prueba del cielo” donde una vez más, un médico escéptico experimenta una E.C.M.  (señor de la fotografía de la izquierda) y al profesor de física cuántica y autor del libro “Dios no ha muerto”, Amit Goswami (señor de la fotografía de la derecha).  Ambos casos, demuestran y confirman científicamente que existe vida después de la muerte. 

Mi nombre es Daniel Usón, soy vidente y médium de nacimiento, con formación universitaria en el campo de la ingeniería, oriento y asesoro a personas y empresas desde hace más de 15 años en mi oficina de Madrid, para que tomen las mejores decisiones y eviten futuros problemas tanto a nivel personal como profesional.

Desde muy pequeño mi madre me dijo que mantuviera esta parte de mi vida en SECRETO, ya que, si el mundo descubría quién era yo, me rechazarían; porque el mundo no está preparado a ir más allá de sus sentidos físicos. Entonces tenía que decidir qué hacer.

A todos nos envían aquí por alguna razón; yo era consciente de que conmigo viajaba LAS RESPUESTAS A MUCHAS PREGUNTAS Y LOS SUEÑOS y ESPERANZAS DE MUCHAS PERSONAS. Así que no podía guardar mi secreto más tiempo. Por lo que me convertí, a día de hoy, en algo distinto de lo que la sociedad tenía previsto para mí; entendí que era inútil negar a qué había venido al mundo, por lo que le dije a mi madre: “quien tiene que luchar por sus sueños y hacerlos realidad es uno mismo”.

Tras un tiempo y sufrir una muerte clínica e experimentar una experiencia cercana a la muerte (E.C.M.), llegue a la conclusión que para encontrar tu Destino, requiere hacer siempre lo que más temes, e incluso si el mundo no está preparado.

Y tú, ¿Estás preparado para vivir tus sueños?

Mi historia

Permíteme que te cuente mi historia y así podrás conocerme un poco mejor. Nací en la bonita capital de España, Madrid. Hice lo que estaba establecido, es decir, fui a la guardería (como tú), pasé varios años en el colegio (como tú), más adelante me cambié a un instituto para hacer bachillerato (como tú), realicé mis estudios universitarios para titularme como ingeniero y finalmente me puse a trabajar (como tú). Como ves, no somos tan diferentes tú y yo, lo único que nos puede hacer un poco diferentes es, nuestro trabajo. Yo trabajé varios años ejerciendo de ingeniero y como docente en un centro privado, me encantaban mis trabajos, me llenaban de tanta alegría que cuando llegaba la hora de salir, deseaba que ya fueran las nueve de la mañana del día siguiente para volver a estar trabajando. Un día, tras finalizar mi jornada de trabajo y ya de camino a casa, me dirigía a coger el transporte público, el metro. Yo no tenía prisa ninguna, pero el entorno en el que me encontraba en ese momento era muy agitado, todas las personas estaban andando muy deprisa o 

directamente corriendo y quieras o no, a mí en esos momentos se me contagiaron las prisas (repito, yo no tenía nada de prisa, y cuando digo “nada de prisa” me refiero a que tenía una hora de margen). Ya me veía envuelto en la misma dinámica que mi entorno, estar corriendo a todos lados. De fondo escuché que venía el tren del metro con lo que, aceleras más tus pasos, ves a la multitud saliendo por la esquina, sabes que eso es indicativo de que las puertas han sido abiertas y echas a correr para poder alcanzar el último vagón. Una vez estando corriendo y viendo la puerta del vagón del tren, escuché el silbato que indica que las puertas se van a cerrar de forma inminente con lo que, es mejor que te detengas y esperes al siguiente tren. ¿Qué hice yo, sin tener la más mínima prisa (lo repito) y pudiendo esperar tres o cuatro trenes más? Me lancé hacia el las puertas del último vagón de ese tren, con la “mala suerte” de que las puertas se cerraron en mi cara. ¡Pero!, por “suerte” la punta de mi pie izquierdo se quedó entre dichas puertas, haciendo que la puerta de ese vagón no se cerrara completamente.

Me paré un momento y pensé:

“¡Genial! Ahora el maquinista observará que esa puerta no está cerrada y el mecanismo de cierre automático de seguridad, detectará un error, se abrirán todas las puertas, sacaré mi pie y entraré tan feliz a ese último vagón habiendo cumplido mi objetivo de entrar”.

Nada más lejos de la realidad. En esos momentos el tren comenzó a moverse con mi pie enganchado entre sus puertas. En esos momentos mi mente se puso a funcionar a mil por hora. Mientras tanto, como tenía un pie enganchado daba saltitos a la pata coja durante el andén, las personas que había dentro del vagón empezaron a alborotarse y esa agitación me la transmitían a mí. Un caballero de dentro del último vagón, fue corriendo hacia el freno de emergencia que se situaba en la parte superior de la puerta donde tenía atrapado mi pie. El caballero levantó la tapa de seguridad, se dispuso a tirar del freno, con lo que yo estaba ya más calmado y al tirar del freno de emergencia lo que sucedió fue que, se quedó el caballero con el freno en la mano, no funcionó. El hombre me miró con el freno de emergencia roto en la mano y me transmitió con la mirada,

“Muchacho, no puedo hacer más”.

En esos momentos, todo el vagón fue invadido por el pánico y mi nivel de nerviosismo aumentó exponencialmente ya que, estaba viendo cada vez más cerca el final del andén y cada vez más cerca la pared con la que me estrellaría si no sucedía algo para detener el tren. En esos momentos de pánico, en esos momentos de máxima agitación y en esos momentos donde tú estás pensando en un millón de cosas, mi mente se puso en blanco y me vino un recuerdo, que no recordaba de mi infancia, donde estaba yo con seis años jugando con un cochecito azul de juguete. Ese recuerdo me transmitió una calma que en aquellos momentos me venían muy bien. Pues fue venir ese recuerdo a mi mente, y unas fuerzas no humanas abrieron lo suficiente aquellas puertas del último vagón del tren para que mi pie fuera liberado y poder escapar de ser empotrado contra la pared del andén fuertemente. Una vez liberado mi pie, por la fuerza de la inercia y por la velocidad que alcanzó el tren, mi cuerpo entero dio un giro en todo el andén, vi el tren pasar y debido a esa velocidad y a la fuerza del viento que se produjo, caí a las vías del tren donde vi a escasos centímetros la ruedas del tren alejándose de mí, impacté contra las vías metálicas del tren y fue en ese momento cuando experimenté una experiencia cercana a la muerte (E.C.M.).

Lo que sucedió desde ese momento hasta que me desperté no lo recuerdo conscientemente, ya que, mi conciencia se encontraba en otro lado. Yo me hallaba un túnel blanco donde se respiraba una paz, se respiraba cero estrés, se respiraba un amor… que no es descriptible con palabras ya que, es algo que nunca se experimenta en este mundo. En dicho túnel, yo no quería llegar al final, pero tenía el sentimiento de curiosidad de ver que había tras la luz, y en esos momentos aparecieron tres personas las cuales eran, mis abuelos maternos y mi bisabuela materna. Mi bisabuela materna se encontraba en medio de los tres y con mucha dulzura y con un amor infinito me dijo unas palabras que no olvidaré en la vida, las cuales fueron:

“¡Dani¡, tienes que cumplir tus sueños,

y eso requiere que te enfrentes a lo que más temes

e incluso si el mundo no está preparado para ello”.

En esos momentos mi abuelo materno que se hallaba inicialmente con los brazos cruzados, se descruzó, alargó su brazo derecho y pronunció las siguientes palabras:

“No es tu momento, ¡VUELVE!”.

Cuando terminó de pronunciar dichas palabras, sentí como una cuerda gruesa y luminosa llena de energía, me agarraba de la cintura y me arrastró hacia el comienzo del túnel a una velocidad torrencial. Fue entonces cuando desperté. Lo que observé en ese preciso momento fue que, me encontraba en una cama que no era la mía, era la cama de un hospital, mi madre sentada a mi lado izquierdo gritando:

“¡Doctor¡, ¡Doctor!… mi hijo ha despertado”,

a lo que yo un poco desorientado pensé automáticamente:

“¿Despertar de qué y de dónde?”.

Vino un señor de vestido con una solemne bata blanca de médico y me preguntó:

“¿Cómo te encuentras?”

y yo respondí:

“¿Cómo debería sentirme?”.

A lo que el médico con una amplia y amigable sonrisa me explicó que había sufrido un duro accidente y que estuve dos largos días en coma por muerte clínica.

Una vez que recuperé parte de mi conciencia, me hicieron algunas largas y duras pruebas médicas para finalmente, y tras horas entre aparatos que hacían unos sonidos (ruidos) no muy familiares para mí, me dieron el alta. Lo que me enseñó esta experiencia cercana a la muerte fue que:

Cuando uno tiene un don, tiene también una gran responsabilidad y a la vez también aprendí que, ya no podía seguir escondiendo mi don.

Era el momento de ponerme al servicio de las personas porque no había mayor pecado que tener ese don, y no ponerlo al servicio de la humanidad.

Si has llegado hasta aquí, queriendo saber un poco más sobre mí, aquí te dejo unos datos sobre mí y sobre mi trabajo junto a un formulario para que puedas ponerte en contacto conmigo y empezar.

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